Deslegitimar la violencia legitimando más democracia: una crítica al rol de los partidos políticos en Argentina

Deslegitimar la violencia legitimando más democracia: una crítica al rol de los partidos políticos en Argentina
18 diciembre, 2015 Strategia Electoral

Por Nicolás Cereijo 1

El sistema político argentino es particular, diferente al de muchos países. En términos históricos, todavía la democracia se está consolidando y sigue combatiendo contra una serie de patrones “autoritarios” que, latentes o no, conforman la idiosincrasia política argentina.

En la situación actual, la identificación partidaria está en un segundo plano. Se habla de tres candidatos con chance de ganar la presidencia y no de tres partidos. Este fenómeno, como veremos, se agudizó desde la crisis del 2001 con la eclosión del sistema político, hasta ese momento bipartidista.

De esta manera, este artículo realiza un recorrido histórico para poder entender ciertos comportamientos del presente. En última instancia, se busca que la “democracia” deje de ser una palabra ´simpática´, ´esperanzadora´, para pasar a concretar su enorme capacidad transformadora.

Para ello, describiré brevemente algunos sucesos políticos que marcaron a fuego la historia política, rastreando ciertos patrones de conducta que siguen hoy vigentes. Se trata de prestar atención en la recurrencia a la violencia como único medio garante del orden social.

Luego, me dedicaré a trabajar el presente más enriquecido, no acotándome en los números o lanzando probabilidades de posibles ganadores, sino tratando de llegar al propósito central del artículo: la crítica al rol de los partidos políticos.

Por ello los invitos a transitar en este camino, de la mano del razonamiento crítico, para luego comprender un poco más de que se trata el presente que vive Argentina.

Recalculando. La historia política argentina está atravesada por rasgos autoritarios, donde los gobiernos elegidos democráticamente fueron mucho menos que aquellos que alcanzaron el poder vía fraude o dictaduras militares. Nótese a lo largo del recorrido la predominancia de la violencia física como instrumento para legalizar y garantizar el poder. Por el contrario, no se registran durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX un interés profundo en desarrollar instituciones democráticas.

Luego de años intensos de guerra civil entre unitarios y federales, en 1853 se dicta la Constitución Nacional. Véase como desde sus inicios, la violencia física ejercida por la autoridad fue el emblema del orden. Es curioso que en aquella ocasión Buenos Aires no participa de la entonces denominada Confederación Nacional, haciendo efectiva su inclusión recién en 1861, luego de que el General Bartolomé Mitre (quien luego fuera presidente mediante el fraude) derrotara a las fuerzas federales en la batalla de Pavón.

Imposición mediante la fuerza. Finalizada la guerra civil, se gobernó al país hasta los inicios del siglo XX, con el fraude electoral como moneda corriente, poco discutido. El poder estaba concentrado en las clases altas autodenominadas “ilustres”. El único partido gobernante era el conservador PAN (Partido Autonomista Nacional), de donde curiosamente salieron muchos “héroes” o “patriotas”: Sarmiento, Mitre y Roca, este último quien se encargó del genocidio de los pueblos originarios en nombre de la civilización.

En el final del siglo XIX, un sector importante de la inmigración comenzó a traer ideas políticas más bien clasistas, marcada por las luchas obreras en una Europa con pleno auge industrial. La situación se tensó. Desde el gobierno conservador se ejecutó una persecución sistemática, acompañada de la represión, a todo intento de reclamo obrero.

Con la Ley de Residencia (en 1902) se autorizó al gobierno a expulsar del país a todos los inmigrantes “peligrosos” (llámese socialistas o anarquistas) haciéndose eje en la cruel represión hacia las incipientes movilizaciones obreras. Fíjese como la ley, más que como instrumento normalizador, era más bien una herramienta que institucionalizaba la violencia.

Otro sector, más bien vinculado a la clase media, comenzó en la década de 1890 a demandar participación política. Primero a través de la Unión Cívica y luego conformando la Unión Cívica Radical (UCR), que junto al Partido Socialista (también creado en aquellos años) comenzaron una fuerte lucha contra el fraude.

Recién en 1916 tenemos el primer presidente elegido por el sufragio obligatorio (mediante la sanción de la Ley Saenz Peña), aunque sin el voto femenino. La victoria de Hipólito Yrigoyen marcó un triunfo sobre el fraude, que hasta ese momento era ejecutado con total normalidad. En 1930 se produce el primero de una seguidilla de golpes de estado.

Pero, ¿qué rol tuvieron los partidos políticos frente a las dictaduras y los golpes de estado? La respuesta es clara: su incapacidad para canalizar demandas, sumado a los patrones de violencia, los transformaron en cómplices.

Por eso es que, ante una situación de inestabilidad, la inmediata solución era golpear el cuartel: no había preocupación de solucionarlo vía canal democrático. Como puede observarse, desde un primer momento el orden está asociado a la fuerza militar y no a los partidos políticos. Esta fue la matrix de organización política hasta 1983, se tradujo en una profunda desconfianza de los partidos y de la política en sí.

Se han producido situaciones extremas y hasta elocuentes. Por ejemplo, al derrocamiento del gobierno de Perón en 1955 (que curiosamente también era militar y también llegó al poder en un golpe de estado en 1943 y que luego lo hizo por el voto popular en 1945) se le llamó revolución “Libertadora”. Y la rareza sigue: se convocaron en 1958 a elecciones “democráticas” con el “peronismo” proscripto.

Sistema bipartidista hasta la gran crisis. Hasta el 2003, el PJ y la UCR fueron los únicos partidos que habían logrado tener un presidente y, por ende, tenían presencia en todo el territorio nacional – que aún hoy conservan –.

Tanto la crisis de hiperinflación de 1989 como la crisis del 2001, marcaron dos hitos importantes a considerar. Los partidos ya no podían golpear los cuarteles por el retroceso que significaría la vuelta de un gobierno militar que en su último paso dejó nada más y nada menos que 30.000 desaparecidos.

Sin duda representaban una oportunidad para revalidar su “opaco” rol histórico. Pero nada de ello ocurrió. En el primero se convocó a un adelantamiento de elecciones y en el segundo, directamente, con la renuncia del presidente De La Rúa, tras la masiva movilización popular en Plaza de Mayo – finalizó con muertos y centenares de heridos – se tuvo que escapar por helicóptero de la Casa Rosada.

Una nueva derrota de los partidos políticos de no hacer frente a las demandas sociales. Pero esta, quizá, fue terminal. Definitivamente, desde 2003 los partidos políticos pasaron a un papel secundario y comenzaron a tomar preponderancia las personalidades por encima de lo partidario.

Lamentablemente, la sociedad argentina tiene poca noción del concepto de Democracia. Para muchos, solamente implica ir a votar una vez cada cuatro años. Hasta representa una carga peyorativa. Muchos ciudadanos se olvidan de su contenido vitalizante y transformador.

Desde el 2003. Desde las elecciones de 2003, con el triunfo de Néstor Kirchner tras haber llegado al ballotage y después que su rival, Carlos Menem, decidiera no presentarse, se registraron cambios que valen la pena tratar.

Si de partidos políticos se trata, quien efectivamente logró sobrevivir fue el Partido Justicialista, mientras que la UCR cayó en desgracia, con una descomposición tal que en la actualidad hace que le cueste tener un candidato presidencial competitivo.

A través del Frente para la Victoria, el peronismo logró nuclear a otros actores populares no peronistas que se incorporaron al denominado “Proyecto Nacional y Popular”. El peronismo fue encolumnado nuevamente en su tarea de recuperar su asistencialismo a los sectores populares castigados. Pero con un dato curioso: en un principio no se mencionaba al aparato peronista, por más que en los hechos seguía operando.

Logró dejar atrás el “que se vayan todos” – característico en las marchas del 2001 – con un doble juego: mientras apelaba a recuperar a la juventud y su participación política, paralelamente ocupa cargos importantes con funcionarios – mucho de ellos menemistas – que de un día para el otro se autoproclamaron antimenemistas, instalando un manto de olvido sobre lo hecho.

Desde el propio Néstro Kirchner, quien en los años ´90, como gobernador de la provincia de Santa Cruz, avaló el proceso de privatizaciones, pero que en el 2003 se encargó de re-estatizar muchas empresas. Lejos de haber una renovación, lo que sucedió fue un camuflaje de personalidades asumiendo nuevos roles.

Que hubo avances durante estos años en lo que refiere a derechos civiles es cierto. Pero que el árbol no tape el bosque. La sociedad civil, ante la recuperación económica del país, no se propuso una tarea de crítica frente a los dirigentes y partidos y de ahí quedó instalado que personas, no partidos, sacaron al país de la crisis.

Y ahora … ¿qué tenemos?. Llegamos al 2015 con un escenario electoral donde las encuestas marcan a tres candidatos (no partidos) como favoritos y con chances de triunfo: Scioli, Massa y Macri. Poco se discute de los programas que cada uno defiende. Más bien se dedican a refutarse de un lado y del otro, con actos concretos, con chicanas que rozan lo extravagante.

Téngase presente que tanto Massa como Macri representan a partidos políticos que harán su estreno en una competencia electoral. Además, tanto el Frente Renovador como el Pro no tienen llegada en muchas provincias del interior (su caudal de votos se concentra en los principales distritos electorales). Y en el medio nos encontramos con otro debut: las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) donde los partidos o alianzas deben definir en elecciones internas obligatorias sus candidatos.

Al no haber una coherencia partidaria, suele ser común que haya candidatos que a nivel local compiten contra un partido pero que lo apoyan a nivel nacional. Tomemos el caso de la Ciudad de Buenos Aires. Terminado el 2014, existía un frente, creado en abril de ese año, denominado Frente Amplio UNEN. Desde sus inicios predominaron las peleas internas, justamente por no haber (algunos de sus dirigentes hablan de falta de respeto) propuestas programáticas. Faltando tan solo quince días para el cierre de lista UNEN desaparece, fracturándose en dos espacios: ECO y SURGEN. Dentro de ECO, compite contra el Pro para llegar a ser jefe de gobierno, pero apoyan a su líder, Mauricio Macri, en su precandidatura presidencial.

Este tipo de situaciones es normal en un esquema donde sigue primando el interés de personas por ganar cargos y el relegamiento de las propuestas políticas partidarias. Hay una escasa identificación partidaria. Más bien se ponderan atributos personales de competidores.

Conclusión. El sistema político argentino es sin duda una rareza. Para su correcto estudio deben analizarse varias cuestiones y no centrarse en tal o cual candidato. Como mostró el artículo, tiene mucha injerencia la historia de un país atravesado por dictaduras militares y autoritarismos, marcado a fuego con la violencia como garante del orden social.

El desafío de este artículo es que el lector se habitúe, haga su precalentamiento, y al menos tenga en cuenta que se trata de un complejo sistema, lleno de incertidumbre y donde los candidatos están por encima de los partidos.

En este artículo se enfocó en un análisis histórico, fundamental para entender la conformación actual. En próximas notas trataremos más específicamente números y encuestas actuales. Pero entender la historia es un primer gran paso para poder comprender mejor las características de un sistema político y electoral tan particular como el argentino.

Sigue a Nicolás Cereijo en @NCereijo

[i] Académico de la Universidad de Buenos Aires

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